Chrome, Safari, Edge, Firefox: cinco medidas concretas para que funcionen más rápido

Chrome, Safari, Edge, Firefox: cinco medidas concretas para que funcionen más rápido
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Hoy, el navegador más usado es Chrome, de Google. Fue anunciado en septiembre de 2008

Hace muchos años, en la época de la primera guerra de los browsers, cuando el coloso Microsoft invertía cientos de millones de dólares para desbancar a una startup llamada Netscape, flotaba en el ambiente la idea de que el navegador iba a convertirse en una suerte de aplicación universal. Pronto –se apresuraron a pronosticar los gurús de turno– “haremos todo con el navegador”. Cosas que se dicen en el fragor de la dura competencia para ver quién compone un título más pegadizo. Hoy, los navegadores más usados son Chrome, Safari, Edge y Firefox. Browser y navegador web son sinónimos.

Pasaron los años, las sucesivas versiones de Windows y las diferentes eras de internet, y el pronto se fue moviendo para adelante. Tanto, que pasó más o menos un cuarto de siglo hasta que llegamos a una instancia en la que hacemos muchas cosas (no todas) con el navegador web. Solo que, en el medio, aparecieron los smartphones, con lo que el concepto de “todo lo que hacemos” volvió a atomizarse en cientos de apps.

En todo caso, es cierto que hoy la web concentra algunos de los servicios más populares de internet; incluidos algunos relacionados con la productividad, desde el correo electrónico y los documentos (texto, planillas de cálculo, presentaciones) hasta mapas, videoconferencia, comercio electrónico y clases remotas. La web fue cambiando para adaptarse a estas nuevas exigencias, y lo hizo sin que nos diéramos cuenta. Pero lo que en otras épocas supo ser una sencilla página creada con el primer HTML (el lenguaje original de la web) se convirtió en un entorno de software que devora recursos y puede poner a la computadora de rodillas.

Así que hoy el navegador es por sí como otra computadora dentro de nuestra computadora, y a continuación van cinco pistas para sacarle todo el provecho posible y trabajar con mucha más eficiencia.

Cada pestaña consume memoria

El primer problema que se presenta cuando convertimos un sistema de presentación de texto e imágenes (como era la web en 1990) en un entorno de aplicaciones es que empieza a consumir más memoria. Mucha más memoria. El segundo problema es que, por la confusa comunicación de la industria de los teléfonos inteligentes, casi nadie tiene muy claro que significa exactamente “consumir memoria”. Aclaremos eso.

Una PC, una notebook, un celular o una tablet funcionan todos de la misma forma. El cerebro electrónico (también llamado microprocesador o CPU) ejecuta programas que se encuentran guardados en un dispositivo de almacenamiento (el disco duro en la computadora; el Almacenamiento en los smartphones y tablets). Para ejecutarlos, eso sí, deben primero copiarse a la memoria RAM, donde pasan a ocupar espacio. Simplificando unas cuantas cosas, el CPU es un rockstar que usa gafas negras y solo habla con la memoria RAM. Por eso la RAM es tan importante.

En resumen, hay aquí tres cosas que pueden fallar. Puede que no tengas suficiente poder de cómputo para correr un cierto programa; es decir, te falta músculo, motor, CPU. Raro, pero puede pasar.

O puede que no tengas espacio para instalar un programa; esto es característico de los celulares, que de pronto te dicen que “no hay espacio” para instalar una app. Viceversa, eso es casi imposible que ocurra hoy con una computadora, porque el almacenamiento es en estos equipos sumamente económico y, por lo tanto, abundante.

El tercer problema –ya la vez el más común– es que nos quedemos sin memoria RAM. Acordate: es la interlocutora del cerebro electrónico, pero es también el más escurridizo de los conceptos de la computación. Por eso hay docenas de analogías. La que más me gusta es la del pizarrón. Vos podés ser super bueno con las números, pero si para hacer tus cuentas te dan un pizarrón del tamaño de una tarjeta de crédito, vas a pasar más tiempo borrando y escribiendo que pensando. Es lo mismo que ocurre cuando se agota la RAM. El dispositivo tarda en responder.

Ahora, ¿por qué se pone lenta la máquina? Porque para hacer lugar en la memoria hay que hacer copia de sus contenidos en el disco duro. El disco duro es muchísimo menos veloz, en comparación, y en una computadora con poca RAM este proceso (que, en realidad, es mucho más complicado) se convierte enseguida en un cuello de botella.

Pero siempre hay trucos y atajos. En un navegador, cada pestaña (es decir, cada sitio o página que abramos) va a consumir memoria. Es decir, el consumo de RAM del navegador irá incrementándose a medida que abramos más pestañas. Por eso no es de ninguna manera una buena idea, salvo en máquinas con 8 o 16 gigabytes de RAM (tu notebook seguro tiene entre 4 y 6), abrir al mismo tiempo Netflix, Gmail, Zoom, cinco artículos Wikipedia, tres videos de YouTube, Facebook y media docena de cosas más.

La receta es simple: mantené abiertas solo las pestañas que realmente estés usando. Si no, toda la computadora se va a poner lenta, tarde o temprano. De paso, y no es un dato menor, las aplicaciones convencionales (Windows, Word, Excel y así) también ocupan memoria. Así que, como es práctica común entre los veteranos, tratá de cerrar todo aquello que no uses. Dicha práctica viene de la época en la que la memoria era muy cara. Su costo se abarató, pero sigue siendo un bien escaso. ¿Entonces conviene comprar una notebook con mucha RAM? Ni lo dudes. ¿Y con los teléfonos ocurre lo mismo? Exactamente lo mismo.

Y también consume cómputo

Puesto que cada pestaña del navegador es como un programa aparte, también puede consumir mucho poder de cómputo. Típicamente, todo lo que es reproducción de video y jueguitos necesitará (y es lógico) usar más el cerebro electrónico. Es raro ver que una máquina se queda corta en este área, porque el cómputo es hoy muy barato, pero si hay otras aplicaciones usando el CPU o si justo a Windows se le ocurrió ponerse a instalar actualizaciones (cerca del segundo martes de cada mes hay que estar atento a esto), podrías notar que la máquina empieza a responder con menos agilidad. Dos cosas, al respecto. Primero, como con la RAM, lo mejor es mantener abiertas solo las pestañas con las que realmente estamos interactuando. Segundo, no es mala idea tener un ojo puesto en los signos vitales del equipo; aquí, una serie de aplicaciones para ese fin.

Aflojá con las extensiones

Las extensiones son agregados para personalizar o añadirle funciones al navegador. Por ejemplo, para capturar la pantalla de toda una página, recibir notificaciones, descargar videos, y sigue la lista. Hay miles. Pero presentan un problema. Dos, mejor dicho.

Por un lado, consumen memoria. Sí, de nuevo la misma historia. Más extensiones, más lento el navegador.

Por otro, pueden representar un problema de seguridad bastante grave, como informa en este post el experto en seguridad Brian Krebs. No es el único, por otro lado. Las extensiones de los navegadores han sido un talón de Aquiles desde siempre.

Mi mejor consejo es que, salvo que tu libertad y tu patrimonio dependan de una cierta extensión del navegador, la desinstales. Algunas tareas pueden llevar un par de clics adicionales, pero luego de más de 25 años de usar la web sin extensiones, sigo sin necesitarlas.

Actualizate

Normalmente, hoy, los navegadores (y casi todas las otras aplicaciones) se actualizan de forma automática. En caso de que no sea así, o si querés verificar que esté al día, hay que ir a Ayuda> Acerca de. Ahí aparecerá la información de si el browser está actualizado o no, y en este caso te dará la opción (o eventualmente lo hará de forma automática) de descargar la actualización e instalarla. Es necesario en general reiniciar el browser después. (El browser, no la computadora.)

Esto de actualizar (el navegador, las aplicaciones, Windows, las apps, Android, y todo el software en general) puede parecer un asunto menor. No lo es. Te asegura dos cosas, como mínimo.

Primera, que las fallas de los programas (fugas de memoria, errores, inconsistencias, etcétera) se hayan subsanado. Segunda, que se hayan corregido las vulnerabilidades que se conozcan hasta el momento.

Las vulnerabilidades no son una excepción. Son la regla, y todo el software expone vulnerabilidades todo el tiempo. Este mes se supo que Microsoft corrigió en noviembre un error que le valió a sus descubridores un premio de 50.000 dólares por parte de la compañía. Así que no estamos hablando de tonterías. El error le permitía a los piratas acceder a cualquier cuenta de Microsoft. Sobre fallas como esta recibo información todos las semanas del año y de todas las compañías de software que existen.

¿Pero cuál anda mejor?

Venimos intentando responder esta pregunta desde el inicio de los tiempos, y es complicado. Con un añadido: a medida que la web se volvió más potente, más difícil se ha vuelto establecer cuál es el mejor navegador de todos. Aparte de que los análisis nos dejan un poco desconcertados, cada uno tiene su favorito y las discusiones son más bizantinas que en la mismísima Bizancio. Así que cortemos por lo sano. Como ocurre con los vinos, el mejor navegador es el que más te gusta a vos.

En términos de lo que tratamos aquí, no hay grandes diferencias. Uso a diario Chrome y Firefox, y no hay disparidades sustanciales. Por añadidura, los navegadores evolucionan y ofrecen nuevas funciones todo el tiempo.

Las diferencias se dan más en el nivel de la privacidad. Chrome le pertenece a Google; Edge, a Microsoft; Safari, a Apple. Falta que saque un navegador Facebook, y estamos todos. El único que sigue perteneciendo a una organización sin fines de lucro y se ocupa activamente de proteger la privacidad es Firefox; sin embargo, hoy está lejos de ser el más popular: solo entre el 7 y el 8% de los usuarios lo emplea, según diferentes estadísticas. Esto lo coloca en el tercer o cuarto lugar en notebooks y PC (detrás de Safari y Edge). Así que tal vez la última guerra de los browsers haya tenido como principal víctima a la privacidad.

Ariel Torres