La era de la colaboración

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Durante años, el sector de las telecomunicaciones atravesó una época dorada. La masificación de los celulares y del acceso a Internet lo ubicó en el corazón de la sociedad moderna. Y si bien hoy sigue teniendo esa centralidad, la ecuación económica cambió sustancialmente.

Es indudable que el negocio de las telecomunicaciones requiere de inversiones constantes, tanto para lograr cobertura como para introducir las nuevas generaciones tecnológicas, donde siempre hay novedades. En el acceso a Internet en los últimos 20 años la evolución fue notable. Primero fueron las conexiones dial up usando la línea telefónica. Luego vino el ADSL, que aunque montado sobre el mismo cable de cobre de la telefonía, requería de inversiones en electrónica para convertirlo en un acceso de banda ancha. Hoy, nadie despliega una red nueva o actualiza la existente sin utilizar fibra óptica. En celulares, la evolución es más evidente, ya que se maneja en base a generaciones. Así llegaron la 2G (habilitando los SMS), la 3G (que permitió la Internet móvil), la 4G (con el video llegando a los móviles). Y ahora el mundo despliega 5G (algo que difícilmente llegue a Argentina antes del 2023). En la TV por cable pasamos del servicio analógico al digital, que permitió el HD, el menú interactivo y también habilitar la banda ancha, a lo que se sumó después el consumo bajo demanda.

Paralelamente, los precios tendieron a la baja. A modo de ejemplo, cuando se lanzó la banda ancha en Argentina, un acceso de 128 Kbps costaba US$ 100 mensuales. Hoy, en determinados lugares del país se puede acceder a productos basados en fibra óptica de 300 Mbps (alrededor de 200 veces más que en el 2000) por US$ 28. Esta combinación de productos más avanzados (léase inversiones) y precios a la baja fue posible porque el mercado crecía constantemente. En Argentina, en el 2001 había 100 mil accesos de banda ancha. Hoy son 9,5 millones.

Sin embargo, el panorama global actual de la industria es distinto. Con el fuerte crecimiento de las dos últimas décadas, cada vez se suman menos usuarios y a su vez, cada nuevo usuario es más caro de conectar. A pesar de esto, la constante actualización tecnológica de las telecomunicaciones sigue exigiendo mantener los niveles de inversión cuando no acrecentarlos. Adicional y paradójicamente, quienes más capitalizan las mejoras en las redes no son tanto las empresas de telecomunicaciones sino quienes ofrecen sus servicios sobre éstas (caso Google, Facebook, Netflix, etc.). De allí la tensión de los últimos años entre OTT y proveedores de acceso. Este escenario global fue el que llevó a que las empresas de telecomunicaciones hayan perdido el interés de los inversores bursátiles y, por lo tanto, a la caída del valor de sus acciones (aunque aquí entran en juego también otros factores que merecerían un abordaje específico).

La solución: compartir las infraestructuras para reducir la inversión sin afectar la necesaria evolución. Algo que puede ser sobre la infraestructura de un tercero no operador (caso American Tower, por sólo citar un ejemplo), que despliega sus redes para luego arrendarlas a múltiples operadores, convirtiendo para éstos últimos una inversión en un gasto, donde más allá de los factores financieros, también implica un tratamiento contable e impositivo diferente. Esta es la razón detrás del gran crecimiento de las torreras primero (para servicios móviles) y de las fibreras (para servicios fijos). Pero también la compartición puede surgir de la asociación entre dos o más operadores, como es el caso de Movistar con Sion, recientemente anunciado en Argentina y con chances de extenderse a otros países de la región. Estas colaboraciones no sólo reducen los costos fijos sino que permiten lograr mejores economías de escala. Por otra parte, también habilitan el ingreso de nuevos operadores, ya no limitados a tener acceso a importantes fuentes de financiamiento.

En realidad, el uso compartido de infraestructuras no es nuevo para las telecomunicaciones. Este existe desde hace rato a nivel mayorista, ya sea a través operadores con alcance minorista revendiendo capacidad ociosa de sus propios enlaces, ya como mayoristas puros, tendiendo redes con el objetivo de vender capacidad a minoristas. Pero la compartición voluntaria a nivel de capilaridad, esto es, en las redes de distribución al cliente final, es una tendencia más reciente que seguramente se irá afianzando.

Por supuesto que la compartición no se dará en todos lados. En lugares de gran concentración de población probablemente convivan infraestructuras compartidas con otras exclusivas. No obstante, sin dudas será cada vez más moneda corriente para una industria que en su conjunto deberá mantener fuertes inversiones para sustentar su evolución tecnológica que no da signos de cejar.

Enrique Carrier