Números no visibles

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Hubo un tiempo, hasta hace casi una década atrás, en que la industria móvil era una fiesta. Pujante, con un mercado en expansión y nuevos servicios cuya rápida adopción era casi obligatoria. Esta bonanza se reflejaba no sólo en sus balances. También en los montos que los gobiernos solicitaban por la adjudicación de espectro, la sangre por la que fluyen las comunicaciones móviles. Pero la cosa fue cambiando. Los mercados dejaron de crecer al llegar a penetraciones del orden del 100%, servicios muy rentables (voz y SMS) pasaron a ser prácticamente de tarifa plana, se consumen más datos que se pagan aproximadamente lo mismo que cuando eran sólo unos pocos megas. Mientras tanto, la innovación y el crecimiento (y los $$) estuvo en manos de servicios OTT de terceros (mensajería, redes sociales, streaming de video, etc.). Este escenario es global, más allá de la particularidades que tenga cada país en función de su economía y regulación.

En el caso argentino la situación es la misma. Pero queda enmascarada por la inflación, que al alterar los valores nominales dificulta la comparación a lo largo del tiempo. Por ejemplo, si se toman los datos que publica el Enacom en relación con la facturación del sector móvil por trimestre, entre 2013 y 2020 creció un 420%, dando la impresión de que se trata de una actividad en pleno crecimiento.

Pero… Argentina es un país que del 2013 al 2020 tuvo en promedio una inflación anual del 32%, lo que hace que una serie histórica en pesos a valor nominal no ofrezca ninguna información útil. Solo confusión.

Para corregir esto, es necesario actualizar los valores históricos, homogeneizando las cifras para poder comparar y así hacer un análisis fundado. En este caso, se percibe que la tendencia es totalmente opuesta. En el período 2013-2020 la caída de la facturación de la industria fue del 40%, según surge del informe “Mercado celular argentino 2021”, realizado por Carrier y Asociados. Una situación que se puede observar en el siguiente cuadro:

En definitiva, una cosa es la que marcan las estadísticas oficiales y otra muy distinta es la que marca la realidad.

Esta caída no implica que las empresas sean deficitarias. Las tecnologías más modernas son más eficientes en términos de costos, por lo que, por ejemplo, si bien hoy el consumo de datos es muy superior (medido en GB) al del 2013, su costo no lo es. A esto hay que sumarle otros ajustes en los costos que hicieron que ni aquí, ni en el resto del mundo, los operadores entraran en bancarrota.

Para evitar estas diferencias, algunos suelen convertir los pesos a dólares del momento. Si bien esto tiene la virtud de tomar como referencia una divisa más estable, tampoco es un criterio muy preciso en una economía como la argentina, donde según las necesidades (y las obligaciones) de la política, el valor del dólar es justo, subvaluado o sobrevaluado. Algo que hemos vivido en carne propia en los últimos años.

Por lo tanto, es necesario tener en cuenta la validez de los números al diseñar políticas públicas. Tal el caso del control de precios de los servicios a través de la fijación de aumentos, resultante del tan discutido y judicializado DNU 690. También es un dato para tener en cuenta a la hora de considerar los costos del espectro. Hoy la facturación no es la del 2014. Y la relación entre regulador y regulado, tampoco. Aunque eso es ya otra historia.

Enrique Carrier