Oteando el 2021

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Si bien hay una tendencia natural a pensar que el 2021 que asoma no puede ser peor que el 2020 que se va, lo que sí es seguro es que será un año difícil por muchos motivos. Por lo pronto, y viendo lo que está sucediendo en otros países, las demoras que habrá en la llegada de la vacuna y los tiempos lógicos de aplicación de ésta, lo más probable es que el Covid-19 siga sobrevolando en Argentina hasta mínimamente el 3º trimestre del año próximo. No hay que dejarse ilusionar por nuestras ansias de volver a la vieja normalidad.

Desde el punto de vista macroeconómico, a la caída del PBI de casi el 12% en 2020 se suma una inflación superior al 30% a pesar de que los precios de los servicios públicos siguen congelados. Esto permite prever una inflación similar sino superior para el 2021, alimentada por la gran emisión monetaria que demandó contener parcialmente el impacto de la pandemia. A esto se suma un año electoral que jugará en contra de una contención del déficit fiscal ya endémico. Y sin olvidar el crecimiento de los índices de pobreza y desocupación y precariedad laboral de este año. En definitiva, un cóctel explosivo para cualquier economía, más cuando ésta ya viene muy maltrecha.

En el caso de los servicios TIC, habrá que esperar una industria muy presionada. En esto también es bueno recordar que los servicios no son provistos únicamente por una decena de grandes empresas. Hay cientos (CABASE habla de 1.200) de operadores TIC que deberán enfrentar el 2021 con precios que ya vienen retrasados y que seguirán contenidos. Un escenario que podrá ser letal para muchos de éstos. También hay que considerar que la política cambiaria intenta que el dólar no se retrase frente a la inflación. En otras palabras, habrá un aumento de los costos tanto en pesos como en dólares que difícilmente puedan empatarse con aumentos de precios que, recordemos, seguirán regulados hacia la baja en términos constantes. Un panorama propicio para el cambio de propiedad de empresas a manos de inversores con habilidades para desenvolverse en mercados regulados.

El panorama no es mucho más alentador para la industria de Tierra del Fuego, que prevé una producción de celulares quizás un poco mejor que la del fatídico 2020 pero que igualmente deberá afrontar mayores costos frente a una demanda que seguirá golpeada por una economía maltrecha y con dificultades para acceder a financiación. Todo esto mientras sigue presionando por la extensión de un régimen que, hasta hoy, sólo estaría vigente hasta el 2023. Quizás el único dato positivo para Tierra del Fuego es la brecha cambiaria entre el valor oficial y el paralelo que desincentiva tanto el contrabando como la compra en el exterior (algo que sin una normalización de los viajes tampoco será muy relevante, como sucedió este año).

Todo esto se dará en un escenario de creciente presión tributaria para bajar el déficit fiscal, con un Estado más propenso a crear nuevos impuestos que a suprimirlos o bajarlos, como lo fue este año la suba de impuestos internos a electrónicos, por sólo citar un ejemplo que impactó directamente en el sector. Probablemente haya algunas medidas paliativas por parte del gobierno, aunque ante el panorama expuesto todo hace pensar que serán insuficientes.

Será el que se aproxima un fin de año en el que no habrá mucho que festejar, ni por lo que se va, ni por lo que viene. Aunque las necesidades de desahogo sean tantas como las de tener esperanzas en un año mejor.

Enrique Carrier