Que la hype no nos maree

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Es sabido que la industria TIC es propensa a generar expectativas ante la llegada de cada nueva tecnología. Y está muy bien que así sea, porque esos avances son los que permiten también que el resto del ecosistema, así como sus usuarios (sean individuos u organizaciones) puedan imaginar los futuros usos y planificar en consecuencia. Pero a veces también es necesario moderar esas expectativas, teniendo en cuenta que se trata de una evolución que se da progresivamente, en la medida en que maduran estas tecnologías, los productos relacionados, las aplicaciones habilitadas y hasta la mentalidad de los usuarios. Quizás esto sea aplicable también a la 5G.

Uno de los casos más evidentes de los efectos negativos de la “hype” respecto de una tecnología fue la llegada de 3G, en el cambio de siglo. Esta generación prometía una verdadera revolución con la llegada de datos de alta velocidad (para los estándares de entonces) que llevaron a muchos operadores a gastar cifras monstruosas en espectro, principalmente en Europa. Una situación que dejó a varios “tecleando” económicamente durante muchos años. Sin embargo, las promesas de 3G se cumplieron en forma eficiente y masiva recién con 4G.

En el caso de 5G, las expectativas son altas. Y es cierto que 5G tiene todo dado como para ser una generación que marque un antes y un después en las telecomunicaciones. Pero también hay que tener presente que los cambios que promete no se darán en lo inmediato. Esto se debe a diversos motivos: el despliegue de las redes (donde la capilaridad de la fibra óptica juega un rol central así como la disponibilidad de emplazamientos para muchas más antenas que en el pasado), la propia evolución de éstas (con los distintos releases habilitando nuevas funcionalidades), la disponibilidad de dispositivos aptos (no sólo smartphones, sino todo otro dispositivo y objeto que podrá conectarse), las plataformas de software para habilitar el uso de los nuevos dispositivos y hasta la reformulación de los procesos que se verán impactados.

También es importante tener en cuenta que, mientras varios miden la adopción de 5G contabilizando la cantidad de líneas conectadas a un smartphone con esta tecnología, no es en la telefonía móvil tradicional donde se producirá el gran cambio. Sí es cierto que un smartphone con 5G ofrece una mayor velocidad (ancho de banda) en la conexión, también lo es que esa mayor velocidad no es algo que impacte si se lo compara con un smartphone corriendo en una red 4G que funcione correctamente. Quizás los videos arranquen más rápido, pero después su velocidad de reproducción será la misma. Y por supuesto, no habrá diferencia alguna en los usos más masivos como la mensajería, las redes sociales o hasta una videollamada. Por lo tanto, hasta que no se desarrollen y masifiquen usos más demandantes, como aquellos vinculados a la realidad virtual o realidad aumentada desde el móvil, quizás el mayor atractivo esté en los juegos, específicamente aquellos más exigentes en cuanto a ancho de banda y latencia. Pero difícilmente las inversiones que exige 5G se justifiquen por este subsegmento de usuarios.

Por supuesto, la capacidad de 5G de conectar masivamente múltiples dispositivos en forma simultánea es una ventaja para los operadores. Por ejemplo, cualquiera que haya concurrido a un estadio a ver un partido de fútbol o un concierto sabe que generalmente el celular sirve mayormente para sacar fotos, ya que las tecnologías actuales no soportan tantos dispositivos conectados simultáneamente. Esto cambia con 5G. De hecho, en el último Super Bowl en EE.UU. los operadores rodearon el estadio con tecnología 5G de forma tal de ofrecer esa mayor capacidad de conexión simultánea. Claro que no fueron muchos los asistentes con equipos 5G compatibles. Lo mismo puede aplicarse en áreas urbanas de alta densidad (como era el caso del microcentro en la prepandemia). En otras palabras, para el usuario significa tener servicio y buena prestación en ámbitos de alta concurrencia. No obstante, en cuanto al uso en sí, para un usuario de 4G no existe diferencia en cuanto a qué puede hacer con 5G.

Visto así, los fundamentos de las expectativas de la industria respecto de 5G están básicamente en los usos no tradicionales de las redes móviles. El primero en orden de desarrollo será seguramente el acceso fijo inalámbrico (o FWA en inglés). Con velocidades que pueden estar a la par de las de las conexiones cableadas de mayor capacidad (HFC o fibra), la tecnología 5G permitirá a los operadores no sólo competir con las redes cableadas existentes, sino también llevar banda ancha a zonas sin cobertura de éstas. Y con una instalación mucho más simple que llevar un cable hasta el interior del hogar. Otro uso que promete alterar mucho de lo que conocemos será el IoT masivo, básicamente sensores de todo tipo involucrados en actividades de lo más variadas en empresas (ej. medidores de servicios públicos en cada hogar o establecimiento), ciudades (ej. tachos de basura que informan cuando llegaron al punto de recolección) y otros usos, muchos de los cuales probablemente todavía no se han imaginado. Más para el futuro quedarán aplicaciones de misión crítica (ej. cirugías remotas), ya que no sólo precisan las versiones más avanzadas de 5G para ofrecer la latencia, ancho de banda y confiabilidad prometida, sino que también depende de que otros factores (tecnología, capacitación, infraestructura física) se desarrollen.

Para que todos estos nuevos usos sean una realidad difundida, es necesario que antes esté en su lugar la infraestructura que los soportará. Algo que demandará tiempo, trabajo y dinero. Por lo tanto, con toda la “hype” alrededor de 5G en la actualidad se corre el riesgo de crear una gran expectativa que no podrá cumplirse en el corto plazo. Hay que tener en presente que el camino es largo y recién se empieza a recorrer en todo el mundo. No sea cosa que nos invada la decepción.

Enrique Carrier