Una pesadilla y 10 pistas para llevarse mejor con la tecnología

Una pesadilla y 10 pistas para llevarse mejor con la tecnología
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Ocurrió de nuevo, esta semana. Tuve una pesadilla que se repite desde hace muchos años. Nada tiene que ver con la pandemia y creo que es más bien una suerte de resorte mental para mantenerme humilde y empático. Suena raro, ya sé. Pero fíjense de qué se trata.

En estos sueños, de forma sistemática, me encuentro con un dispositivo que no logro entender. Esperen, no es que sueñe con dispositivos todo el tiempo. Es algo que ocurre de vez en cuando, pero me parece muy interesante el argumento. En la pesadilla de esta semana ocurría lo siguiente: estaba en un cierre en el diario y el sistema de edición -que en el mundo real está constituido por una computadora y un software muy amigable- era una mezcla de videocámara de los '90 con alguna cosa de aspecto alienígena, y, por mucho que el horario apretara, no conseguía entender cómo editar mis páginas. Al final, como es usual, me desperté sobresaltado.

En otros casos, no consigo marcar un número en un celular o el equipo en cuestión (hay de todo, desde computadoras hasta drones) se desarma y no logro volver a ensamblarlo. Considerando que desarmé y volví a armar mi primer juguete antes de los 4 años, esta clase de pesadillas siempre me intrigó (dejando de lado las incontables posibles interpretaciones). No siento precisamente miedo frente a una máquina. De ninguna clase y bajo ninguna circunstancia. Armé siempre mis computadoras, eligiendo los componentes uno por uno; reparé el fusil fallado que me dieron para ir al frente, durante la Guerra de Malvinas, y hago el service de mis instrumentos musicales (y algún que otro celular) sin ayuda. Y usé todos los sistemas operativos más o menos relevantes, desde Unix para acá. ¿Por qué tengo estas pesadillas, entonces?

No puedo explicarlo, excepto que sean en realidad providenciales. Tras más de 30 años de escribir sobre nuevas tecnologías, hay algo que, de no ser por estos sueños, no podría saber: cómo se sienten las personas que se amedrentan ante una computadora, un teléfono o una aplicación. Estos sueños me han enseñado que llevarse mal con “todas estas cosas nuevas” no tiene nada que ver con la ignorancia, como algunos, con cierta soberbia, tienden a creer. Ni mucho menos es falta de inteligencia. Conozco docenas de personas de una capacidad intelectual sobresaliente que se llevan pésimo con las máquinas. Estos sueños que tengo cada tanto, con diferentes dispositivos, pero el mismo argumento, me enseñaron que el problema no es la ignorancia ni la falta de neuronas, sino el miedo.

En esas pesadillas aprendí que a medida que transcurren los minutos y no logro que el dichoso aparato funcione o, todavía peor, entender cómo se maneja, me dominan la angustia y la desesperación, y las dos, en equipo, nublan mi entendimiento.

De viaje

No le tengo miedo a las máquinas, pero sí a los formularios. Una vez, casi no me dejan entrar en Nueva York porque hice cualquier cosa con el formulario de migraciones, en el JFK. Una amable agente de seguridad aeroportuaria, habiendo advertido que lo mío no era sino simple impericia, me ayudó a llenar un nuevo formulario. Pero el hecho es que todavía hoy esas hojas estructuradas me paralizan. Lo mío es la página en blanco.

Ahora bien, hasta donde puedo entender, me sobra intelecto para llenar formularios. ¿Qué es lo que, invariablemente, me lleva a cometer errores o a pedirle a alguien más que lo haga por mí? El miedo. Veo un formulario y me da pánico. ¿Por qué? Simple: no se pueden editar. Los formularios en papel son muy interesantes, como procesos (y, a mi juicio, habría que desterrarlos para siempre): una vez que se ponen en marcha, el más mínimo error, y adiós, no sirven más y hay que empezar de nuevo. Salvo que hablemos de mayonesa o crema Chantilly, francamente, emplear procesos tan frágiles en pleno siglo XXI me resulta incomprensible.

Ahora bien, esto último es la racionalización de un miedo. Si te equivocás con un formulario pedís otro, y listo. No existe ninguna razón para que la sola visión de esas páginas llenas de campos y etiquetas me paralicen. Excepto el miedo a equivocarme, que nubla mi comprensión, me conduce a conclusiones equivocadas, me impide ver lo obvio y, como para reforzar ese miedo, termino cometiendo algún error.

Con las computadoras, smartphones, servicios online y redes sociales ocurre algo semejante. Intentamos racionalizar el miedo de muchas formas, pero no lo enfrentamos. Obvio. Nadie quiere hacer el ridículo o pasar por tonto, entonces inventamos excusas. Como la de que “Yo no entiendo nada de esto y solos los jóvenes se sienten cómodos con las nuevas tecnologías”. Como con los formularios, la verdad es que no hay mucho que entender. Al menos, para no caer en esa pesadilla de no sé cómo se usa este programa, página web o el smartphone. Por eso, y me encantaría disponer de algo semejante para los formularios, aquí van una serie de pistas para entender cómo es esta historia de las máquinas y perderles el miedo. Imagino que muchos que, por la pandemia, se vieron forzados a usar más aplicaciones y servicios online encontrarán oportunas estas sugerencias.

Mire toda la pantalla. Frente a una aplicación o servicio nuevo, tendemos a enfocarnos en lo que constituye el centro de atención visual, pero no siempre lo que buscamos está ahí. A veces lleva tiempo encontrarlo, incluso a los veteranos nos lleva tiempo, y para eso hay que explorar toda la pantalla.

Nada es para siempre. Salvo que aparezca una advertencia que diga que la acción no puede deshacerse o que el borrado de esos archivos será definitivo, todo puede volverse atrás (Ctrl+Z). Casi nada es definitivo en una computadora. El atajo de teclado Ctrl+Z funciona incluso cuando movimos, borramos o copiamos 50 miles de archivos. Así que “el miedo a romper algo” puede descartarse sin más.

Apaga y prende. Si algo no está funcionando como debe, la primera medida es reiniciar el dispositivo. Primero hay que guardar los archivos abiertos, pero, en dos palabras, los teléfonos, notebooks, televisores inteligentes, smartphones y cualquier cosa que tenga un cerebro electrónico, memoria RAM y un sistema operativo puede empezar a hacer tonterías. No es usted, es el dispositivo. Reiniciarlo resuelve una proporción significativa de los problemas informáticos.

Curva de aprendizaje. No entender de entrada Facebook, Instagram, Twitter, Pinterest, Tik Tok y demás es normal. Repito, es normal. Nadie los comprende de un vistazo (ni siquiera los más avezados), y además cambian constantemente. Así que nada de sentirse avergonzados. Algo parecido ocurre con las aplicaciones. Desde el simple procesador de texto hasta un complejo editor de video, las computadoras han traído tal poder a nuestras manos que no se puede esperar que podamos aprenderlas de forma instantánea, como muchos pretenden. No es el dispositivo, somos nosotros: la cantidad de información que podemos incorporar a cada minuto es bastante limitada.

El tiempo y las conexiones. Conozco más de una persona que conecta un concentrador con 8 puertos USB y espera, en vano, que la cámara, el mouse, el auricular inalámbrico, las otras dos pantallas y los dos discos externos aparezcan de inmediato en línea. Puesto que tal cosa no ocurre, creen que el concentrador no anda, que la cámara no anda, que nada anda. Y todo lo que se requiere es tiempo. Hay cosas que son casi instantáneas en estos dispositivos, pero si hay conexiones involucradas, entonces hay que contar hasta 50 o más. El router wifi es un clásico; le lleva tiempo bootear (es una pequeña computadora, en general con un Linux adentro) y completar todo el trámite para conectarse con el proveedor, autenticarse, obtener el número IP y, por fin, sacarnos a Internet. Parece mentira, porque nos vendieron el ideal de la instantaneidad, pero en la práctica un montón de cosas en este rubro requieren tiempo.

No la compliquemos. Hay interfaces y equipos mal diseñados, es un hecho, pero, en general, hay un fenómeno que no sé si ya alguien analizó y hasta tiene nombre y todo, pero es algo de este tipo: uno cree que como son computadoras entonces tienen que ser difíciles de usar. Así que busca la solución por el lado complicado, mientras el botón rojo que dice EMPEZAR está ahí, bien a la vista. Así que si le resulta fácil, no se preocupe, también es normal.

Use Alt-Tab. Este atajo de teclado sirve para cambiar el foco entre diferentes ventanas. Es práctico, pero también puede ser un salvavidas. Resulta que a veces alguien se olvida de configurar ciertos cuadros de diálogo para que queden siempre visibles, toda vez que son modales. Modales significa que requieren que el usuario responda de alguna forma -por ejemplo, haciendo clic en Aceptar o Cancelar- antes de poder seguir usando el programa. Resultado: el programa deja de responder (porque hay un cuadro modal abierto), pero el cuadro modal no está visible. De hecho, es fácil pensar que toda la computadoras se colgó y terminamos reiniciando y perdiendo un montón de trabajo. Al usar (una o varias veces seguidas) Alt-Tab se revelará el dichoso cuadro de diálogo y el error del programa no nos costará todo lo que hicimos esa tarde. ¿Que si algo tan básico ocurre con aplicaciones serias? Por favor, no me hagan hablar.

Anatomía comparada. Esto es especialmente cierto para los smartphones. Si todavía se siente un poco perdido con estos equipos, la solución es tomar el teléfono y ver donde caen los dedos. En la mayoría de los casos, el pulgar y el índice quedarán cerca de los botones importantes: encender/apagar/bloquear, volumen y así. Lo que me lleva al siguiente punto.

Pareto. Cuando no conocemos algo, creemos que el experto se sabe 18.000 trucos secretos y herramientas avanzadas, verdaderos arcanos druídicos que solo los iniciados conocen. No es así. Todos, incluidos los veteranos, hacemos el 80% de nuestro trabajo con el 20% de nuestras herramientas. El único secreto es perder el miedo, algo que, lo sé, no es fácil.

Mucho ayuda el que no estorba. Esto lo decía mi madre, y es verdad. Si hay alguien mirando sobre su hombro (con la noble intención de ayudar) y le indica dónde tiene que hacer clic cada dos segundos porque usted no llega a ver el botón (y no llega a verlo porque la aplicación o la página son nuevas), lo está damnificando de dos formas. Primero, porque la única manera de aprender a hacer algo es haciéndolo, no que otro le diga cómo hacerlo. Segundo, porque refuerza la idea de que usted no entiende nada y todos los demás son unos hackers que reíte de Trinity. Dese tiempo y practique, que la práctica hace al maestro.

Por: Ariel Torres

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